«La rehabilitación desde la adicción: A la Recuperación de la dignidad».

Les compartimos el artículo que escribió nuestra co-fundadora Ximena Dávila sobre el «El aprendizaje del dolor» en el ámbito de las adicciones, publicado en el libro AmaneSeres el año 2014, donde se le invitó a colaborar junto a otros autores. Esta versión es una reedición al publicado originalmente.


En el vivir y convivir humano nacemos en la confianza, dada nuestra hechura, que al nacer habrá un mundo que nos acogerá en la ternura del amar y no siempre es así. El bebé nace en la confianza, no nace para la traición. Esta 9 meses en el útero biológico y al nacer entra al útero cultural, donde lo pueden acoger, nutrir, amar, cuidar como lo pueden traicionar.

Acoger en la ternura del amar, es vivir y convivir con un grupo de personas que se respetan, que se escuchan, que están en el placer de estar juntos, a este grupo de personas que viven en ese placer de estar juntos lo llamamos familia. Sin embargo esto no siempre sucede en nuestro vivir cotidiano. Nos encontramos con modos de vivir y convivir que lejos de estar en el respeto y en la ternura, generan dolor y sufrimiento. Y allí comienza, muy tempranamente, el incansable torbellino del sufrimiento que es el apego al dolor constante, se nos aprieta el alma, por un rato sacamos la cabeza, para luego volver a desintegrarnos en el dolor y a habitar en el sufrimiento como un modo natural de vivir y convivir.

Y claro que buscamos puertas de escape, las que en un comienzo son fáciles y nos liberan a ratos de la angustia, del miedo, de la rabia, del resentimiento que trae vivir y convivir en el desamar. Y así nos vamos encontrando en este caminar con otros y otras que están en una deriva similar: “fui abusada por mi padre”; “mi madre me pegaba hasta sangrar”; “fui siempre humillado por mis compañeros del colegio”; “en mi casa eran muy severos”; y así, interminables experiencias que dan cuenta de que el vivir y convivir en el desamar va mutilando día a día nuestra condición de existencia constitutiva que es el que somos seres amorosos, que nacemos en esa confianza fundamental dada nuestra hechura y que habrá un mundo amoroso, construido por personas amorosas que están allí esperándonos con los brazos abiertos listos para acogernos en la ternura del amar.

Ese bebé que viene en esa confianza fundamental se va transformando en la convivencia en una deriva de bien-estar o en una deriva de mal-estar, según el modo de vivir que le proporciones este útero cultural. Ese bebé ¿nació adicto, nació en el sufrimiento de la humillación?, ¿es la adicción una enfermedad?, ¿son genéticas las adicciones?. “Todo dolor y sufrimiento por el cual se pide ayuda relacional es siempre de origen cultural”.

Si entendemos la genética como un punto de partida que bajo ciertas condiciones de vida se gatillarán ciertos procesos, entonces tenemos que necesariamente mirar la historia de vida o epigénesis de una persona para distinguir en que momento de esa historia vivió la negación de su existencia. Si tratamos la adicción como una enfermedad, la fijamos en la
persona y se transforma en la sombra que acecha su vivir en todo momento. La adicción no es una enfermedad. La adicción es un modo de vivir y convivir aprendido y aceptado en la red de conversaciones a la cual pertenece una persona. Red de conversaciones que se constituye como una cultura que uno conserva, genera y realiza en el propio vivir.

¿Qué modo de vivir estamos viviendo? No es novedad para cada uno o una de nosotros que vivimos un modo de vivir de alta exigencia donde la competencia es central para lograr éxito y no ser del montón. Destacarse sobre otros para tener éxito económico, sobresalir. En este vivir y convivir el saber nos da poder en una lucha de esfuerzos para ser alguien en la vida. ¿Ese bebé nació para luchar en la vida? ¿Es la lucha y la competencia constitutiva de lo humano?

Y en ese esfuerzo por tener presencia, por ser vistos, por ser escuchados, nos perdemos de nuestra constitución biológica que es la de ser seres amorosos. Y nos enajenamos en una deriva de vida destructiva que busca un solar de bien-estar a través de las drogas. Las drogas nos dan placer. Y allí se puede comenzar a vivir en un mundo oscuro de soledad y de resignación. Modo de vida que si es aprendido por los niños y niñas como un modo natural de vivir: – ¿Si lo hace mi papá porque yo no puedo hacerlo? – se transformará en un linaje de seres humanos que aprenden ese modo de vivir escapando, autodestruyéndose en el deseo de alcanzar aunque sea por unos breves instantes algo de paz, o de bien-estar artificial aunque le destruya. ¿De que se escapa? Se escapa de uno o una misma porque no aprendí con los adultos con quienes convivi el mutuo-respeto y la honestidad en mis sentires y emociones, vivía fingiendo que todo estaba bien, cuando no era así. Aprendí que escapar es escapar de mí y de lo que siento.

Y si nos detenemos a reflexionar la pregunta es ¿y por qué a todas las personas no le sucede lo mismo?. Si miramos la historia de vida de una persona que se respeta a sí misma, que vive desde su autonomía de decisión y acción, nos vamos a dar cuenta que en su historia vivió en un mundo con personas que lo dejaron aparecer, se sintió visto, respetado, amado, legítimo y fue guiado y le iluminaron momento a momento a través de su historia el camino de la autonomía reflexiva y de acción, y es desde la confianza que genera este espacio emocional, que es el sentir y saber que se tiene presencia legítima, el mejor resguardo de caer en alguna adicción.

¿Si la adicción no es una enfermedad y tiene que ver con el modo de vida que un niño, niña o joven viva, cuál es la salida de esta trampa cultural?

En primer lugar la prevención en la familia, en la escuela, que haya un mundo adulto que esté consciente de que cada niño, niña o joven se transformará en persona adulta ética, solo si tiene una experiencia de vida con personas adultas que se respetan a sí mismos, en un fluir de conversaciones con coherencia y consistencia. Y esta persona adulta puede estar en la familia o en la escuela. Todas las personas adultas somos maestros de nuestros niños, niñas y jóvenes de manera consciente o inconsciente, pues la dinámica de transformación es en gran medida inconsciente. ¿Qué queremos conservar como adultos en la red de conversaciones que realizamos?. ¿Sometimiento u obediencia, autonomía o dependencia?.

La palabra rehabilitación habla de cuidar a la persona para que vaya recuperando y mejorando las capacidades que no tiene hoy para poder vivir de mejor manera el vivir cotidiano como cualquier ciudadano de un país. En esta parte se nos olvida que uno nunca ayuda a otro u otra, solo gatilla un proceso determinado en el otro u otra con lo que escucha, con lo que siente y con las emociones y acciones que van emergiendo. Por lo tanto no es un cuidado a la persona es un mutuo-cuidado, pues yo aprendo de ti y de tu experiencia como tú aprendes de mi, y de mi experiencia. No es un aprender de conocimiento, es un aprehender de capturar lo que allí esta ocurriendo en nuestra conversación, que se funda en el mutuo respeto, dejando que aparezca la mutua confianza.

¿Habilitarlas para vivir en qué mundo? ¿Qué les ofrecemos para un vivir digno? El esclavo no es esclavo hasta que toma consciencia de ser esclavo. Los hombres, mujeres, niños, niñas y jóvenes que entran en esta deriva adictiva mientras viven lo que viven lo viven como válido, como el único mundo que han logrado construir. Aprenden a habitar el dolor y el sufrimiento como natural, hasta que impulsados por el entorno, y por la curiosidad, o porque en su caminar se toparon con una persona que les mostró que se puede tener otro modo de vivir, ellos mismos se preguntan ¿quiero seguir viviendo de esta manera? Y esta pregunta reflexiva hace que logren atreverse a contar su historia y a sacar afuera sus dolores y sus emociones en el deseo de construir un nuevo porvenir, con un nuevo presente.

Y aquí ocurre el milagro de encontrarse con personas que están dispuestos a acompañarlos en este nuevo nacimiento. Parirse para vivir y convivir desde el respeto por sí mismos. Estos hombres, mujeres, niños, niñas y jóvenes confían, como el bebé al nacer, que habrá un mundo que los acogerá y que no los volvera a traicionar, porque desean estar en la ternura del amar. Un mundo de personas que les proporcionará todo lo necesario para que ellos y ellas puedan vivir y convivir un mundo digno en el bien-estar.

¿Sucede siempre así? 

El invitar a una rehabilitación es invitar a un rito de iniciación de un “parirse nuevamente”, parir el alma, el cuerpo, las ganas, los sueños, la vida. ¿Está la cultura preparada para acoger a estos nuevos hijos e hijas? Y si ellos están allí tendiéndonos la mano para que nosotros la cojamos, ¿estamos preparados? Rehabilitar es también proporcionar un útero-cultural para una nueva vida, donde haya educación, trabajo, proporcionales todas las herramientas que les permitiran tener las condiciones para que no sientan que vuelven a ser traicionados. No solo darles la caña de pescar, co-inspirar para que ellos aprendar a pescar sus propios peces.

El trabajo que realizan las personas que tienden “manos amigas” ante tanto dolor, aman a las personas, les importan y se preparan, estudian pero a la vez donan lo aprendido. La riqueza de su hacer también puede estar en abrir lo que es parte de su propia experiencia de vida. Junto con su equipo hacen un trabajo de parto, de días y noches de acompañamiento a estas mujeres, hombres, niños, niñas, jóvenes, que son personas que tienen mucho que enseñarnos, desde el “haber tocado fondo” con su experiencia, de vida. Este trabajo de “rehabilitación” o de “manos amigas” es realizado por verdaderas doulas o doulos que acompañan a parir a un nuevo ser humano para que se encuentre con su dignidad perdida.

La explicación de la experiencia no es nunca la experiencia vivida, ir al inframundo y quedarse allí por un tiempo y querer salir solo puede templar el alma para renacer a un mundo que los acogerá en la ternura del amar.

Ximena Dávila Yañez
Reedición – Julio 2020

Davila, X (2014) aprendizaje de las adicciones. En MELO , L (Ed.) AmaneSeres (págs. 70-71). Santiago: Dianova.

Puedes encontrar el libro completo publicado el 2014 aquí. También puedes encontrar el artículo original aquí.

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