El sentido de lo humano en tiempos de pandemia

Hace un par de días la ciudad de Madrid, capital de España, fue azotada por una tormenta de nieve que no se veía hace más de medio siglo. Rostros atónitos y alguna cuota de temor e incertidumbre se apoderaron de los habitantes de dicha ciudad, obligando a las autoridades a generar los resguardos necesarios para que la población se quedase en sus respectivos hogares. Al día siguiente, el miedo y las preocupaciones transmutaron hacia un espontáneo asombro gozoso que invitaba a salir a las calles a disfrutar la nieve a pesar delas estrictas medidas sanitarias que regían sobre la ciudad producto de la pandemia del COVID 19. Hombres y mujeres, adultos y niños, personas que seguramente tenían distintas preferencias políticas o religiosas se congregaron en un juego que no admitía diferencias o discriminaciones. Todos eran seres humanos jugando a tirarse bolas de nieve; un acto de desobediencia que probablemente era empujado por una necesidad profunda de estar en contacto con otros seres humanos.

La actual pandemia asociada al COVID-19 que vivimos como humanidad de una u otra manera ha sido una instancia para darnos cuenta de lo que parece ser lo más significativo en los seres humanos. Nos ha permitido ser conscientes de que necesitamos esa cercanía física y relacional con otras personas; que aquello es parte fundamental de nuestra armonía y que, al no encontrarse presente porque nos sentimos en la orfandad de no ser vistos, nos enfermamos.

Así, no he podido dejar de pensar en aquellas personas aisladas e impedidas de salir de sus casas debido a la pandemia asociada al COVID-19. Algunas de ellas a lo mejor acompañadas por sus respectivas parejas, hijos o familiares, pero otras seguramente en la total soledad. Y esa orfandad de no poder ver y sentir a otro ser humano en la intimidad dela cercanía corporal puede llegar a ser desgarrador… Cómo no conmoverse al sentir esa angustiante espera que describen aquellas personas que no pueden visitar al familiar enfermo en el hospital o en la imposibilidad de acompañarlo en su último viaje…

Más aun, la presente pandemia me ha permitido darme cuenta cómo lo mejor y lo peor de nuestra humanidad se ha ido revelando ya sea en actitudes miserables como también en actos sublimes de solidaridad. En cuanto a lo primero, hemos podido ser testigos incrédulos sobre la forma en que algunos países ricos han ido acaparando el stock mundial de los elementos básicos de salud y prevención para hacer frente a la pandemia o cómo gobiernos populistas, haciendo caso omiso de las advertencias de la comunidad científica, han minimizado los efectos de la pandemia en la salud de las personas ya sea en sus irónicos discursos o en su irresponsable actuar. En cuanto a lo segundo hemos constatado, por ejemplo, la sobresaliente organización de redes logísticas de voluntarios para comprar y distribuir mercadería a los adultos mayores, de científicos de todo el mundo colaborando para conseguir esa ansiada vacuna o la encomiable labor realizada por los funcionarios dela salud en distintas partes del mundo. ¿Cuál de estas versiones de nuestra humanidad será la que prevalezca en el futuro?

Nuestra “huella ancestral” sugiere que nuestro linaje se conformó en la conservación de un modo de vivir que era centralmente de carácter colaborativo, en el compartir alimentos, en el placer de hacer cosas juntos en pequeños clanes y en la cercanía corporal de sus miembros. Comenzó así a florecer un espacio psíquico que llegó a ser fundamental para la expansión de los comportamientos consensuales y la aparición del lenguaje: la emoción del amar.

Más que asociarla a una vaga acepción popular que tiende a relacionarla con aspectos meramente “románticos”, la emoción del amar, de acuerdo a Humberto Maturana y Ximena Dávila, tiene una connotación bien precisa, asociada a una dinámica relacional que deja aparecer al otro o la otra en la total aceptación y confianza, sin ser ésta restringida por prejuicios o exigencias.

El carácter de la relación, guiado por la emoción del amar, permitió a nuestros ancestros expandir su inteligencia mediante el cultivo de habilidades consensuales en una transformación espontánea del comportamiento como resultado de un convivir permanente en interacciones recurrentes.

pesar de nuestra actual cultura patriarcal, reveladora de dinámicas jerárquicas de sometimiento y control, nuestra fisiología nos recuerda constantemente lo que nos entrega bien-estar e íntima armonía. Y es que millones de años de historia evolutiva es un periodo lo bastante extenso como para que nuestra biología lo desconozca, o que alguna teoría o ideología lo pueda por decreto borrar. Mientras se mantenga ese periodo de nuestras vidas(aunque lamentablemente cada vez más pequeño) donde la relación materno-infantil tenga la debida preponderancia, si se mantiene esa costumbre de jugar que nos acompaña hasta la muerte… tendremos, de una u otra manera, la posibilidad de conservar ese espacio psíquico que dio origen a nuestro linaje: la emoción del amar.

Paulo Henríquez Munita