Inteligencia Artificial: ¿Una amenaza o una oportunidad?

“Cuando Gonzalo regresó a casa no imaginó nunca que María Elena le daría un portazo a su último plan: mudarse otra vez de ciudad para tomar un nuevo puesto de trabajo: más desafío profesional, mejor paga, mayor estatus social. Él confiaba en que ella lo seguiría como tantas veces, como siempre… por lo mismo nole adelantó la oportunidad laboral que ya venía fraguando y que solo necesitaba concretar los últimos detalles. Además, Gonzalo era un tipo de cábalas, no le gustaba adelantar nada hasta que fuera una realidad. Esa realidad se había dado esa mañana con la firma del contrato. Por eso, decidió tomarse la tarde libre y pasar por el supermercado para comprar sushi y champán. Tenía mucho que celebrar…

Sin embargo, lo que ignoraba Gonzalo era que María Elena también lo esperaba en casa para celebrar, pero era el logro de ella lo que quería festejar. María Elena había recibido una llamada de confirmación: era la elegida para el trabajo que ansiaba desde hace tanto tiempo. Gonzalo sabía de aquello, ella nunca se lo ocultó. No era justo, entonces, que él arrojara a la basura lo que tanto le había costado a ella conseguir. Ahora era su turno. No estaba dispuesta a transar.

En el silencio de la habitación, enredados en sus propios pensamientos y recriminaciones mutuas, aunque insonoras, ambos ignoraban que ni uno ni otro plan se concretaría. La vida les deparaba otro destino, pero aquello era parte de otra historia, una que todavía se estaba escribiendo”.

Al contemplar la imagen de arriba, nos parece irresistible preguntarnos lo que podría estar ocurriendo en aquella escena. Nuestra imaginación y fantasías nos llevan a elucubrar historias empujadas por el solo hecho de observar con atención los rostros de ambas personas en lo que parece evidenciar un conflicto cuyo origen quizás sea una contraposición de deseos. Aquello me llevó a contar ese pequeño relato.

No me deja de sorprender nuestra notoria capacidad para distinguir y abstraer objetos, rostros de personas o emociones de manera espontánea; algo que a primera vista parece evidente y totalmente “natural”. Y cuando distinguimos un objeto o cualquier situación lo hacemos desde un contexto, a manera de trama sistémica, donde nosotros como observadores también estamos comprometidos, pues somos nosotros quienes le damos un sentido, el cual inevitablemente se enlaza con nuestras propias historias individuales y aprendizajes incorporados desde pequeños en convivencia con nuestros padres, profesores, amigos. ¿Esta manera de distinguir objetos y situaciones es un aprendizaje que podría eventualmente lograr un robot o un algoritmo de inteligencia artificial (IA)?

Gracias a la potencia en el procesamiento informático que hoy en día poseen los microprocesadores, podemos ser testigos de una nueva “primavera” para la IA, disciplina con muchos vaivenes desde que a mediados del siglo pasado se utilizara por primera vez dicho término en el ámbito de la computación.

Lo cierto es que junto al nuevo impulso de la IA, un nuevo tipo de empresa está fundando una naciente e inesperada era económica. Sólo por dar un ejemplo, organizaciones como Amazon, a la vanguardia en estas tecnologías, ya disponen de prototipos de supermercados(Amazon Go) con el objetivo de mejorar sustancialmente la experiencia del consumidor al eliminar por completo el tiempo de espera en las filas para pagar. Simplemente basta escanear un código mediante una aplicación de smartphone a la entrada del supermercado y de ahí en más la tecnología disponible en el lugar permite seguir los movimientos y compras del consumidor mediante sofisticados algoritmos de reconocimiento de imágenes de los productos adquiridos. Sin recurrir a la caja del supermercado, el cliente puede abandonar el lugar y automáticamente le llegará un mail con el recibo respectivo de los productos recogidos en las respectivas góndolas.

Así mismo, las tecnologías IA aplicadas a la toma de decisiones en las organizaciones han permitido profundizar en la analítica de la información y junto a ello captar sutiles correlaciones en los datos, imposibles de ser deducidas por humanos. De esta forma dichas correlaciones pueden ser incluidas en modelos predictivos de alta sofisticación a efectos destorgar créditos a clientes en la industria bancaria, decidir el momento adecuado para realizar una mantención mayor en costosos equipos y maquinarias de la industria minera o generar finas segmentaciones de mercado con el propósito de ofrecer productos acorde a las necesidades únicas de cada cliente entre muchas otras aplicaciones.

Si de arte se trata puede resultar aún más asombroso e inquietante presenciar cómo la IA ha podido desarrollar actos aparentemente “creativos” al emular el estilo de las pinturas de Rembrandt o el carácter musical de Bach desconcertando incluso a los seguidores más eruditos de ambos artistas.

Es evidente que en un diverso campo de actividades de nuestra vida cotidiana las tecnologías de IA están igualando o incluso superando a los humanos, al menos en cuanto a productividad y precisión se refiere. Las últimas tendencias incluyen la posibilidad de reconocer patrones en imágenes (por ejemplo, la distinción entre un perro, un gato o las señales de tránsito), el “significado” de oraciones completas a efectos de ser traducidas a diversos idiomas o el reconocimiento de voz para ser utilizado en programas de asistencia(preguntas y respuestas) como Siri o Alexa entre otros.

El desmesurado incremento en la potencia de procesamiento de información junto a la enorme de disponibilidad de datos han permitido entregar un avance decisivo al campo dela inteligencia artificial, particularmente en el diseño de algoritmos denominados deeplearning. Las bases conceptuales de este tipo de algoritmos se remontan hace muchos años, pero las condiciones de avance en las tecnologías de procesamiento de información en aquel entonces no estaban lo suficientemente maduras y sólo a partir del 2015 hubo un despegue definitivo en este tipo de IA.

Pero… ¿cómo opera una algoritmo de inteligencia artificial? ¿Se basa efectivamente en cómo opera nuestro sistema nervioso en nosotros los seres humanos?

Cuando nos encontramos con una persona que puede ser nuestro amigo o amiga, o un pariente, lo podremos reconocer como la misma persona a pesar de que pueda estar algo más viejo o cansado. Esa forma de proceder en el acto de distinguir es lo que podemos denominar pensamiento analógico. La palabra analogía tiene una raíz griega que hace referencia a una proporción o semejanza en cosas diferentes. Y eso es justamente lo que sucede en el operar de nuestro sistema nervioso: abstrae configuraciones generales que se conservan. Así, desde la mirada analógica, el contexto resulta relevante al momento de distinguir cualquier elemento o situación. De este modo, nos resultaría extraño distinguir un objeto en un lugar que no le corresponde y, por ello, nos detendremos a ampliar nuestra sensorialidad sobre algo que aparentemente nos parece caótico o sin sentido.

La palabra digital que proviene del latin digitalis hace referencia a los dedos de una mano y, por lo tanto, trae consigo la noción de contar. Por ello, cuando nos referimos a lo digítalo al pensamiento digital se quiere señalar que a partir de contar o calcular particularidades llegamos a concluir algo. A diferencia de lo analógico que busca parecidos, lo digital produce exactamente lo mismo no importa cuantas veces se repita la operación. Lo digitales propio de lo computacional y, por ello, de la IA. En cambio, nuestro operar espontáneo es siempre analógico. Este pensamiento analógico es ancestral y nos recuerda la importancia de narrar historias y explicar utilizando analogías.

Mi hijo mayor, ahora de cinco años, se encuentra en una edad donde lo pregunta todo. Y en uno de los viajes en auto para llevarlo a su jardín infantil me preguntó por qué los gatos comían ratones. Yo le respondí que a los gatos les gusta comer ratones. No satisfecho con la explicación, inmediatamente me propuso una pregunta aún más desafiante: ¿y por qué le gustan los ratones? Luego de tomar aire y pensar por algunos segundos le dije lo siguiente: así como a ti te gustan los tallarines, a los gatos les gustan los ratones. ¡Eso!. Lo que hice, sin tomar conciencia en aquel momento, fue establecer una analogía. Y esa analogía, le permitió a mi hijo captar la forma que conllevaba la noción del gusto por una determinada comida, independiente de las claras y evidentes diferencias concretas entre un plato de tallarines y un ratón. Y cuando era más pequeño, cada vez que veía una velita prendida cantaba “cumpleaños feliz”. Desde su candor e inocencia en el querer ser partícipe del mundo que iba floreciendo con él, alguna vez incluso cantó desenvueltamente en un velorio, pues había velitas prendidas. Por supuesto, luego de estar expuesto a diferentes situaciones similares o análogas, de manera espontánea comprendió que la velita prendida no siempre iba asociada al canto.

En línea con los ejemplos anteriores, recuerdo que en mis comienzos como profesional en el ámbito laboral, mi jefe siempre me llevaba a las reuniones con los clientes por más estratégicas que fueran las conversaciones involucradas. Me decía que no era necesario que hablara si no me sentía cómodo, pero que sí era importante que escuchara y entendiera lo que en esas conversaciones ocurría. Probablemente él no sabía lo que era un pensamiento analógico o digital, pero el solo hecho de haberme invitado a asistir a esas innumerables reuniones, cada una de ellas única e irrepetible, me permitió ejercer más tarde y con mayor propiedad responsabilidades más estratégicas dentro de la empresa, pues a partir de todas esas abundantes experiencias logré establecer analogías y captar la forma de cómo relacionarme antes distintos escenarios de manera fluida. No fueron las capacitaciones formales, sino la mera presencia lo que me permitió adquirir esa habilidad de relacionar y actuar de manera oportuna ante las diferentes circunstancias.

Nosotros los seres humanos tenemos historia. Los algoritmos de IA no, pues son diseñados. Desde esa historia y desde nuestro operar analógico podremos reconocer de manera espontánea objetos, personas, emociones, contextos… Es cierto, hoy en día los algoritmos de IA pueden reconocer algunas imágenes, personas, o la diferencia entre un gato o un perro. Pero en su operar, al menos desde el operar digital y con los actuales algoritmos disponibles, si le entregamos la imagen del comienzo del artículo, puedo decir con seguridad que a lo más reconocerá un hombre, una mujer y quizás una silla. No estará en condiciones de captar ese espacio psíquico que hay detrás… no podrá deducir la culpabilidad del hombre o el enojo de la mujer… y por cierto… no podrá imaginarse y narrar una historia al respecto.

Paulo Henríquez Munita