Niño Con Macbook Plateado En El Interior

Conforme se va acercando marzo, mes en que típicamente comienzan las clases en colegios y otras instituciones educativas en Chile, las fricciones entre el colegio de profesores, las autoridades gubernamentales y los municipios quienes tienen a cargo la administración de colegios municipales se acrecientan. En términos simples el motivo principal tiene que ver con el comienzo de las clases presenciales y los resguardos necesarios que conlleva el que nos encontremos en una situación de pandemia. Junto a un inesperado comienzo del proceso de inoculación de vacunas a todos los profesores de Chile que lo deseen y que en una primera etapa se espera abarcar un 10% de ellos , el gobierno ha expresado la voluntad de retomar la normalidad cuanto antes; específicamente en marzo mediante clases presenciales que serán voluntarias.

Los ánimos se encienden y al leer o escuchar las declaraciones de los distintos actores no dejo de peguntarme desde qué espacio psíquico lo hacen. ¿desde la desconfianza? ¿del legítimo interés por la salud de alumnos y profesores? … ¿o desde algún fundamento ideológico que estrecha la mirada?

Para algunos la desconfianza se basa en un supuesto interés mezquino del gobierno de apretar el acelerador en el crecimiento económico a como de lugar; por otro lado, un senador de la república arguye que los profesores son flojos y que estuvieron de vacaciones durante todo un año; otros pensarán que el colegio de profesores está cooptado políticamente para que el gobierno fracase. Y en concordancia con lo anterior, al momento de escribir estas líneas, el ministro de economía indica que “en el caso de los profesores llama la atención que busquen por todas formas no trabajar… es un caso único en el mundo y yo diría que de estudio”.  Así las cosas, desde la óptica de la desconfianza no cabe duda de que las condiciones para una colaboración genuinamente honesta en torno a un proyecto común nunca estarán sobre la mesa. 

Si a lo anterior agregamos las devastadoras noticias sobre el mal resultado de los colegios públicos en las pruebas de selección a las universidades, no solo nos encontraremos en un escenario de meras disputas ideológicas sino también con un caldo de cultivo de crecientes inequidades, de segregación y todo lo que aquello conlleva.

Tomando el ejemplo del Instituto Nacional, otrora un colegio emblemático donde han pasado por sus aulas 18 ex presidentes de la república y 34 premios nacionales, su actual situación no deja de ser preocupante y en mi caso, como ex alumno de ese colegio, me genera mucha tristeza e impotencia. Por supuesto las causas simplicistas campean. Por un lado, un reconocido urbanista asiduo de twitter señala que el vandalismo y la delincuencia de los alumnos destruyeron al colegio. Desde la vereda del frente señalan con nombre y apellido al autor intelectual de la decadencia: el alcalde de Santiago.  

La educación chilena está en un punto muerto. Las recientes noticias son solo una de las tantas señales de lo que está sucediendo con esta institucionalidad en el país. Si no logramos ponernos de acuerdo en algo tan fundamental como lo es la educación formal pública, lo que haremos será reproducir las inequidades, las angustias y el resentimiento.

En lo que quizás sea una aparente trampa circular, pienso que es la misma educación la que nos puede llevar a un principio de acuerdo futuro sobre nuestras diferencias. Pero no la educación vista simplemente como una instrucción formal que se da en un aula como si el objetivo último fuese trasvasijar conocimientos desde el profesor al alumno. Es más bien la transformación espontánea momento a momento durante 12 años de educación escolar en convivencia con compañeros y profesores lo que entrega un aprendizaje profundo y que sin ser dirigido manipulativamente nos da la posibilidad de actuar como ciudadanos éticamente responsables y democráticos. Es el encuentro y convivencia con compañeros de distintas religiones, de diferente situación económica, en la diversidad étnica o sexual, desde las historias y vivencias únicas que cada niño o niña pueda tener o desde la enseñanza y experiencia que los profesores puedan entregar donde se cultiva espontáneamente el respeto mutuo y desde donde resulta la confianza y la colaboración. 

¿Es una trampa circular? ¿Y ahora en el presente que podemos hacer? Hacernos responsable de aquello desde la posibilidad de reflexionar, en el no tener miedo a cambiar de opinión y en el ser capaces de co-inspirar un proyecto común desde nuestras legítimas diferencias, tal como sucedió aquella dramática noche cuando parlamentarios de distintas corrientes políticas lograron ponerse de acuerdo para entregar una vía democrática e institucional a un cambio en la constitución chilena. Si seguimos desde las trincheras ideológicas y en la desconfianza seguiremos en punto muerto… es nuestra responsabilidad darle el carácter de urgencia a algo tan fundamental como lo es la educación y espero que sea uno de los puntos centrales a conversar en la futura convención que cambiará nuestra constitución. 

Paulo Henríquez Munita