Los tiempos excepcionales que hemos vivido durante los últimos 14 meses como humanidad han sido catastróficos en varios aspectos. Hasta el momento, producto del COVID 19, la cifra de muertos alcanza a más de 2,5 millones de personas en el planeta y las consecuencias económicas que se dejan ver mediante alarmantes estadísticas, desnudan las precariedades materiales que afrontan las personas más desprotegidas. Así mismo, y tal como lo comenté en un artículo anterior (http://comunidad.matriztica.org/?p=22103) la presente pandemia también ha sido una instancia para darnos cuenta cómo lo mejor y lo peor de nuestra humanidad se ha ido revelando ya sea en actitudes miserables o en actos de encomiable generosidad.

Al comienzo de la pandemia distintos países desarrollaron sus propias estrategias que iban desde un confinamiento estricto hasta un simple llamado a las conciencias individuales sin restringir libertades. De forma paralela, diversos laboratorios comenzaron a trabajar a contrareloj para obtener la ansiada vacuna; así mismo, los insumos básicos de protección y tratamiento de la enfermedad como ventiladores mecánicos y mascarillas eran los bienes más preciados alrededor del mundo. En estos momentos, ya con distintas variantes de vacunas desarrolladas y probadas por los distintos laboratorios, nos encontramos en lo que se espera sea una de las últimas fases para al menos evitar las masivas y dolorosas muertes alrededor del planeta.

En lo que respecta a las políticas y estrategias que adoptaron cada uno de los países me he dado cuenta de que mucho depende de sus respectivas idiosincrasias y culturas, pero también, y no en un grado menor, del estilo del gobierno de turno. Y aquello se nota sobre todo cuando las decisiones que se toman revisten un carácter que se podría denominar como complejo (palabra cuya etimología hace referencia a un entramado o trenzado) donde confluyen muchas variables, decisiones y actores. Ejemplos de lo anterior son las decisiones de confinamiento, por ejemplo, donde se deben equilibrar distintos elementos como la salud mental de familias que tienen que vivir en pocos metros cuadrados, mantener en la medida de lo posible la economía, el riesgo de contagio, la restricción de las libertades individuales, etc.

Las decisiones más bien técnicas al menos a mi me señala si el gobierno de turno fue precavido, planificó bien y ejecutó de manera impecable. Particularmente, gestionar recursos escasos, como camas de hospital disponible, hacerse de un stock de vacunas, mantener una holgura de ventiladores mecánicos o personal clínico suficiente tienen un mayor peso técnico desde mi punto de vista. En estos casos el objetivo es claro, concreto y no tiene una complejidad sistémica relevante que sea necesario sopesar más allá de las restricciones técnicas y materiales que pudiera haber.

Estas distinciones las he ido señalando a propósito de las noticias que nos llegan esta semana acerca de las listas de “privilegiados” que se vacunaron antes de tiempo tanto en Argentina como en Perú, fundamentalmente en virtud de sus redes y cercanías políticas. Si bien en el caso de Chile no hubo una lista de privilegiados políticos, sí han habido muchas presiones e intereses que han ido desdibujando una impecable logística de inoculación de las vacunas y donde el objetivo primordial debiese ser vacunar prioritariamente a las personas pertenecientes a los grupos de mayor riesgo.

Aquí no caben decisiones solamente técnicas y cuando surge esa complejidad donde se cuelan ideologías, compadrazgos, grupos de presión político o urgencias de reactivación económica a como de lugar, es donde veo esa ausencia de la ética espontánea humana que deja aparecer las circunstancias sin ser éstas restringidas por supuestos o doctrinas políticas. Aquella ética en donde nos importan las personas y donde cada vida humana es reconocida y cuidada. Es desde esa disposición relacional, en que dejamos aparecer la problemática sin calcular los beneficios de nuestro ego, donde podremos estar en condiciones de entender la trama sistémica de nuestro actuar y con ello poder ser conscientes de las consecuencias de nuestros actos… y escoger. Si además la solución la tenemos a la mano (vacunas disponibles) la ética surgirá de manera espontánea.

Paulo Henríquez Munita