Vivimos haciendo lo que hacemos muchas veces en la contradicción íntima de no querer hacer lo que hacemos. Contradicción intima que no vemos, no queremos ver, o no sabemos cómo ver, pero que sufrimos en cuerpo y alma aun siendo inconscientes de lo que nos sucede. Sí, vivimos la mayor parte de nuestro vivir inconscientes de cómo vivimos lo que vivimos, y tenemos palabras o expresiones que evocan sentires íntimos de los que no somos conscientes y no sabemos que son parte de los mundos que generamos en el fluir de nuestro vivir-convivir. Sentires íntimos que cuando los vemos también vemos que guían nuestro vivir en el bien- estar o mal-estar relacional. En fin, sentires íntimos sobre lo que hacemos que cuando los distinguimos porque hemos aprendido a distinguirlos en nuestro conversar con otros, o nos sorprendemos porque descubrimos que no sabemos distinguir si queremos lo que queremos, o si no queremos lo que queremos. Así, al decir “debo hacerlo …” estamos diciendo que algo nos obliga y que ese obligar es lo que importa; al decir “tengo que hacerlo …” decimos que algo nos obliga y que ese algo nos pesa; y al decir “quiero hacerlo …” decimos que el hacer que vamos a hacer nos encanta, que nada nos obliga y que en el hacerlo están nuestras ganas, … nuestra voluntad.

En el entre juego de nuestro oscilar entre el deber … el tener … y el querer … se nos va la armonía del vivir y nos enredamos en el pasado o el futuro, pero, ¿qué sucede con el presente? Nuestro vivir y lo que hacemos en el fluir cambiante de nuestro vivir es el presente, es todo lo que hay, todo lo que somos, el cosmos mismo de nuestro existir, es el presente. Es el cómo estamos ahora, la reflexión que hacemos ahora, los sentires íntimos que sentimos ahora, lo que guía el curso del presente cambiante que vivimos y lo que hace al pasado y al futuro también el ahora que vivimos. Los seres humanos inventamos el tiempo en la reflexión haciendo el pasado y futuro el ahora que vivimos en un mirar donde cabe el escoger desde la ventana operacional de las ganas y la voluntad. El escoger nunca es un acto banal, constituye lo que se conserva en el fluir cambiante del presente continuo del vivir, y lo hace en una dinámica reflexiva en la que los sentires íntimos guían en un fluir de conservación y cambio en la que lo que se quiere hacer deja de quererse y lo que no se quiere hacer pasa a ser querido al vivir la libertad en el acto de preguntarse uno si quiere el querer que quiere. Lo que guía el fluir de nuestros haceres en nuestro vivir son nuestros deseos, teorías, doctrinas, creencias, religiones, fantasías, ambiciones … en fin nuestras ganas de vivir de un modo u otro. Sin embargo, cualquiera sea el vivir que escogemos, lo que nos guía es la presencia básica de nuestros fundamentos humanos amorosos, o el cultivo de alguna teoría que justifica la negación de esos fundamentos desde un resentimiento íntimo por haber sido discriminado en el desamar. Sin embargo en el presente cambiante continuo de nuestro vivir siempre podemos reflexionar soltando nuestras certidumbres y escoger … ¿escoger qué? ¿lo que tenemos que hacer, … lo que debemos hacer, o lo que queremos hacer, en la soledad o en la compañía del convivir con otros en proyecto común … que sólo es común desde el mutuo respeto? En un mundo sistémico-sistémico en el que cada acto de elección cambia el curso de la transformación multidimensional de su presente cambiante continuo no cabe una elección por un resultado sin que surja la tentación del intento de forzarlo. Si uno no quiere esto último, lo único que se puede hacer es escoger una configuración de convivir que se quiera conservar como guía del vivir que se vive momento a momento, y surgirá espontáneamente como poética del con-vivir un mundo cambiante en el que lo que se conserva hace sentido.

¿Qué configuración de convivir queremos conservar como un proyecto común en el que cada uno de nosotros tenga presencia y el fluir de su vivir tenga sentido en la generación de bien-estar material y espiritual en el placer del querer hacer?

Humberto Maturana Romesín