Fatiga digital, supervivencia y calidad de vida

Este fin de semana el filósofo y ensayista sur coreano Byun-Chul Han escribió una columna en el diario El País de España  en la que nos vuelve a alertar  sobre lo que ha sido una de sus constantes reflexiones: el cansancio y la fatiga de nuestra actual sociedad. Y es que, en tiempos de pandemia, sostiene, el teletrabajo ha venido a agravar el síndrome de la extenuación. Cada día que pasa es más difícil recargar energías y la presión por producir en una cultura donde quien fracasa es su propia culpa, arrastra consecuencias que se dejan reflejar en la pantalla del computador. Es ahí, en las reuniones telemáticas, donde apreciaremos ese rostro cansado que surgirá como un fantasma sombrío y lúgubre. Así es, la videodismorfia, como la imagen distorsionada del rostro que perciben las personas sobre sí mismas en la pantalla del computador, hace que aquellas imperfecciones faciales se acentúen en la mirada Narcisa del ser humano contemporáneo, profundizando, así, esa extrañeza por aquel rostro que nos parece ajeno y del todo desmejorado.

Por otro lado, el teletrabajo, desprovisto de toda la cercanía física de la cual estábamos acostumbrados en el trabajo presencial pre-pandemia, nos aleja de la mirada del otro. Irónicamente, si queremos dar la sensación de que estamos mirando a la otra persona (es decir, que tenga presencia para nosotros) estaremos en la obligación de observar aquel punto luminoso verde que, por supuesto, será carente de toda expresión humana. La reciprocidad en la mirada, de este modo, no es posible.

A su vez, y de acuerdo con el autor surcoreano, nuestra sociedad contemporánea entroniza y enaltece la salud y la prolongación de la vida como si fuese el objetivo fundamental del ser humano.  Así, el disfrute y la capacidad de valorar la calidad de vida pasan a segundo plano con tal de “sobrevivir”.

En este punto me parece oportuno preguntarse por el significado que en última instancia Byun Chul Han le da al término de supervivencia. ¿Sostener de manera “forzosa” nuestra dinámica interna de auto producción molecular que distinguimos cuando decimos que somos seres vivos?  ¿aislarnos de nuestro acostumbrado “hábitat” para sumergirnos en una hibernación profunda a manera de cuarentena prolongada?

Asociar la dinámica de autoproducción molecular (por la que distinguimos que somos seres vivos) con ese “hábitat”, es central para entender que nuestro vivir ocurre de manera inseparable con el mundo que lo hace posible.

En efecto, al observar el mundo natural, podremos apreciar esa manifiesta interrelación existente en un ser vivo integrado en co-dependencia con el medio inmediato que surge junto a él.  Esta co-deriva es el resultado de un proceso histórico evolutivo que en nuestro presente podemos indicar como un continuo acople armónico de cada organismo con sus circunstancias. Este acople, es lo que Humberto Maturana y Ximena Dávila distinguen como la unidad ecológica organismo-nicho: una dinámica unitaria inseparable que involucra tanto al organismo como a su nicho ecológico en una mutua y congruente transformación.

El nicho ecológico puede tener múltiples dimensiones entrelazadas y que, dependiendo del ser vivo, puede incluir el aire que respira, el agua que bebe u otras interacciones con diversas entidades. Al mirarlo desde una perspectiva general, podremos apreciar ese entramado que conecta armónicamente todo lo vivo en una dinámica relacional que los biólogos han venido a distinguir como la biósfera: un sistema profundamente interrelacionado y en continua transformación que los seres vivos comparten desde su particular modo de vivir.

Ser vivo y su nicho ecológico cambian juntos en una historia que puede ser individual (ontogenia del ser vivo) o, desde una mirada más amplia, un cambio que puede resultar en la conformación de un linaje (filogenia). Así, el nicho ecológico no es un contenedor pre-existente y exógeno al vivir de un organismo; nicho ecológico y ser vivo cambian juntos de manera recursiva y recurrente. Sin nicho ecológico no hay ser vivo y sin ser vivo no hay nicho ecológico.

Aún más, la diversidad de los nichos ecológicos que se muestran con cada ser vivo en la pertenencia de un particular linaje (una mariposa, un bonobo o un delfín) conservan configuraciones singulares, como si fuesen multiversos de existencia únicos, habitados desde un particular modo de vivir espontáneamente preservado.

Así, desde la perspectiva que he descrito, la historia de nuestro linaje como seres humanos que somos, lleva consigo la co-evolución de un particular aspecto del nicho ecológico que nos distingue y nos hace únicos dentro de todos los seres vivos: el lenguajear. Efectivamente parte de nuestro nicho ecológico tiene elementos compartidos con otros seres vivos (como el aire que respiramos) y que resulta ser más evidente y cercano al observar el modo de vivir de otros mamíferos. Pero lo distintivo de nuestro linaje está en la conservación de un modo de vivir espontáneo fundado en el lenguajear. Y para que el lenguajear surgiera como una dinámica continua de coordinaciones recurrentes y recursivas aprendidas generación tras generación, el espacio psíquico que se debe haber conservado debió involucrar necesariamente cercanía corporal en la confianza del ser aceptado como un legítimo otro.

Así las cosas, pareciera que nuestra armonía y bien-estar como seres humanos se encuentra intrínsecamente asociada a la cercanía corporal con otros seres humanos. Cuando nos sentimos vistos, cuando colaboramos y compartimos, generamos dinámicas relacionales que son fundamentales para experimentar un bien-estar duradero del cual nuestra fisiología participa armónicamente. Por el contrario, ante la ausencia prolongada de esas dinámicas, nos desarmonizamos y nos enfermamos.

La supervivencia va a contrapelo de esta armonía. La supervivencia implica la construcción de un nicho “artificial”, diseñado específicamente para hacer frente al riesgo que conlleva esa “fragilidad” que se nos manifiesta crecientemente junto al inexorable suceder irreversible que nos lleva a la vejez. Un nicho que también se estrecha ante la amenaza de una pandemia viral o bacterial al pretender sustituir del todo nuestro modo de vivir acostumbrado por las tecnologías digitales. Pero, tal como lo apunta Byun Chun Hal, la pandemia fundamental que se esconde detrás es aquella “neuronal” … la de los “infartos psíquicos”. Apelar a la supervivencia en el diseño de habitáculos artificiales que contravienen el modo de vivir de nuestro linaje parece no ser la solución adecuada entonces….

Así, entender en toda su dimensión que nuestro vivir es inseparable del nicho ecológico que surge con nosotros es fundamental para recuperar nuestra armonía. Aquello, pienso, debiese estar presente de manera central en la agenda de toda política pública de cara al tipo de trabajo que tendremos en la era digital y, cómo no, en la importancia de disfrutar en lo posible un buen vivir hasta el final de nuestros días sin pretender aislar dicho vivir del nicho ecológico que espontáneamente lo hace posible.

Paulo Henríquez Munita