Pandemia y nueva ola ¿de quién es la culpa?

Cuenta la leyenda que hace mucho tiempo reinaba en una parte de India un rey llamado Sheram. Y en una de las batallas en que participó su ejercito perdió a su hijo. Aquello lo dejó muy triste y nadie podía quitarle el dolor que sentía. Hasta que un día llegó un sabio llamado Sissa y le presentó un juego que, aseguró, sería tan entretenido que podría ayudar a aminorar la pena que sentía. El juego que le presentaba el sabio era el ajedrez. Resultó ser tan agradable para el rey que, en recompensa, le ofreció al sabio lo que quisiera. Ante tal solicitud éste respondió que por la primera casilla del ajedrez pediría un grano de trigo, por la segunda casilla 2 granos, por la tercera 4 granos, por la quinta 16 granos y así sucesivamente aumentando al doble la cantidad de granos por cada casilla en un tablero que, quien conozca el juego, tiene en total 64 casillas. El rey, algo ofendido ante el aparentemente pobre premio, finalmente accedió. De manera sorpresiva, al día siguiente el mejor matemático de la corte le pidió audiencia al Rey para comunicarle que, contrario a cualquier intuición, sería imposible cumplir el pedido del sabio Sissa… al hacer los cálculos había llegado a la conclusión que se necesitaban… ¡Dieciocho trillones cuatrocientos cuarenta y seis mil setecientos cuarenta y cuatro billones setenta y tres mil setecientos nueve millones quinientos cincuenta y un mil seiscientos quince granos de trigo! Sumados todos los reinos de la Tierra tal cantidad sería imposible de recolectar…

El relato anterior, bien podría asociarse a lo que como humanidad nos encontramos actualmente enfrentando. Una nueva ola de la pandemia amenaza varios países y parece no dar tregua. El riesgo de nuevas mutaciones más agresivas y letales son una realidad y la posibilidad de que las vacunas que hoy se están inoculando resulten no ser efectivas del todo ante nuevas mutaciones es una alternativa que no se puede descartar. Y es que la manera en cómo se expande la pandemia COVID -19 tiene una dinámica muy parecida a la que proponía el sabio Sissa en el juego del ajedrez: un efecto multiplicativo que en sus inicios parece ser poco atendible, pero que al poco andar resulta ser muy agresivo y difícil de controlar.

Nuestra intuición en este tipo de situaciones suele fallar, pues nuestro pensar tiende a darle un carácter más bien lineal y desatendemos las amenazas potenciales que revisten estas dinámicas. El mundo que habitamos en nuestro presente está operacionalmente hiperconectado y eso lo convierte en una red frágil y expuesta a dinámicas no lineales que multiplican los impactos a una velocidad de reproducción casi instantánea y de difícil domesticación. En ese sentido, debiéramos estar reflexionando en cómo nos afectará el siguiente contagio. ¿Será de carácter biológico como el COVID-19 o tendrá la forma de una crisis financiera? ¿Será un hackeo informático o un virus computacional?

Jacinta Ardern, primera ministra de Nueva Zelandia desde 2017 y líder del partido laborista seguramente comprendió el carácter brutalmente expansivo que podría tener el virus a comienzos del 2020. Así, 15 días después del primer caso cerró las fronteras a viajeros extranjeros y estableció un estricto confinamiento total antes del primer deceso.  Adicionalmente, inyectó un plan de ayuda económica inédito cuyo monto resultó ser uno de los más altos en términos per cápita. El sentido de urgencia y rápidas decisiones permitieron a dicho país posicionarse como el mejor país en el ranking de resiliencia realizado por Bloomberg en el manejo de la pandemia con la menor cantidad de interrupciones para los negocios y la sociedad.

El caso anterior puede ser considerado como ejemplo de un brillante estilo de liderazgo femenino que supo comunicar la urgencia y los riesgos implicados. No obstante, son muchos factores adicionales los que se encuentran en juego al momento de enfrentar una emergencia como la descrita: el tipo de liderazgo tal como lo acabo de indicar, elementos demográficos, la cultura, factores económicos, la fortaleza y legitimidad de las instituciones, la red sanitaria de apoyo y un largo etcétera. Por ello, resultar muy difícil pronosticar o estimar un peso relativo a cada uno de dichos factores y hacer un ranking que señale su importancia relativa.

Así, apuntar con el dedo al principal responsable de un mal manejo de la pandemia me parece irresponsable. Quizás lo único que se puede decir al respecto es que cada uno de ellos aporta y ninguno se puede minimizar (recordemos la leyenda del rey y el sabio). Sin duda, un gobierno ideologizado y un líder que habita en la vereda del frente del pensar científico es un factor clave (basta constatar el caso de Brasil o el de Estados Unidos bajo la administración de Trump). Tampoco resulta feliz una administración gubernamental que, a punta de torturar los números y estadísticas, pretende salir bien en la foto y con ello dar una falsa sensación de seguridad en la población. Pero también no podemos descartar el comportamiento de cada uno de nosotros y cómo impacta aquello en el sistema. Hacer caso omiso al uso de la mascarilla o contravenir las restricciones de confinamiento también cuentan.

En suma, no estamos en condiciones de predecir y controlar cada uno de los factores involucrados y no podemos actuar de acuerdo con los patrones que dicta una mentalidad lineal. Lo que ha sucedido con la pandemia es una alerta para otros frentes que pueden instalarse bajo las mismas dinámicas; sin más se puede mencionar, por ejemplo, el impacto que trae y puede traer el cambio climático en un avance multiplicador como el relato del ajedrez. ¿Controlar? ¿Predecir? Pienso que lo fundamental estará en cómo desde nuestra propia localidad nos hacemos responsables de los impactos de nuestro actuar: desde nuestro rol como líderes políticos, como ciudadanos, empresarios o cualquiera sea nuestra responsabilidad en la sociedad. Al final del día tiene que ver con que nos importen las personas y dejemos atrás ese individualismo exacerbado de nuestra actual cultura y las ideologías que nos atrapan.

La mejor herramienta que tenemos está nuestro alcance: poner en movimiento nuestra conducta ética espontánea. Y tal como indica Humberto Maturana “las conductas no son buenas ni malas en sí, son adecuadas o inadecuadas, oportunas o inoportunas, respetables o no respetables, y es responsabilidad de cada uno saberlo y escoger lo uno o lo otro al actuar”.

Paulo Henríquez Munita