La disyuntiva de Harari: política versus ciencia

En una columna escrita en el Financial Times hace un par de meses, el historiador israelí Yuval Noah Harari profundizó sobre las problemáticas que han estado enfrentando los países en torno a la actual pandemia de COVID-19 que hasta el momento  ha cobrado casi tres millones de muertos alrededor del planeta. A diferencia de las pandemias anteriores como la peste negra o la influenza de 1918, la ciencia y la tecnología permitieron aislar y secuenciar el genoma del virus asociado al COVID-19 a menos de 1 mes de  iniciado el primer brote y al día de hoy disponemos de distintas variantes de vacunas producidas masivamente y con gran efectividad en la reducción de la gravedad de los síntomas. A pesar del éxito científico, señala Harari, el pobre desempeño de los paises en la contención del virus más que un límite en  cuanto a conocimiento científico se refiere, tiene que ver principalmente con las políticas adoptadas en los distintos gobiernos.

Para ilustrar lo anterior, una decisión política implica, por ejemplo, preguntarse cuántos muertos podrían estar dispuestos a aceptar los países si no quieren restringir las libertades individuales de desplazamiento o mantener la economía en marcha. ¿Y si adoptamos medidas de confinamiento qué sucederá con el hacinamiento de las familias que viven en pocos metros cuadrados? ¿Qué hay de la salud mental? ¿Y quien se hará cargo de las pérdidas de puestos de trabajo por no poder salir del hogar? ¿Qué sucederá con el desarrollo cognitivo de los niños y niñas al no poder asistir presencialmente a los colegios? ¿Cómo mitigar el riesgo de violencia intrafamiliar? No son decisiones triviales y a veces puede resultar muy crudo y doloroso tomarlas cuando hay vidas humanas involucradas.

Si atendemos a las preguntas anteriores nos daremos cuenta que éstas no se contestan solo desde un pensar científico (aunque sin duda aportan con importantes evidencias para tomar decisiones) sino también y básicamente desde un acuerdo o convergencia de deseos… de lo que se quiere como comunidad humana.

Así, cuando las preguntas apuntan a deseos y acuerdos de convivencia nos encontraremos en el terreno de lo político. Ahí es donde el actuar responsable que se hace cargo de las consecuencias de los actos y decisiones involucradas resulta central. ¿Nuestros líderes elegirán el camino que confirma las ideologías y certidumbres que se conservan o convocarán honestamente  a grandes acuerdos considerando nuestras legítimas diferencias? 

Por otro lado, el pensar científico (Dávila & Maturana, 2019) es un refinamiento en el intento de explicar las regularidades de nuestro vivir cotidiano. Así, el observador que amplia su sensorialidad desde la curiosidad o el asombro que lo estremece podrá estar en condiciones de proponer un mecanismo generativo que al dejarlo operar explicará la experiencia vivida (como la caída de una manzana) y al estar atento a la trama sistémica que conecta dicha experiencia, el mecanismo generativo no solo explicará la localidad del suceder acontecido sino también otras experiencias (como el movimiento de los planetas, además de la caída de la manzana). Por más asombroso que resulte lo versátil del mecanismo generativo al explicar una multitud de acontecimientos, la ciencia no debe ser vista como un camino hacia una objetividad irrefutable. La ciencia más bien se alimenta de la continua indagación al dejar aparecer lo que el observador vivencia y siempre dispuesto a soltar los supuestos desde donde se ancla la explicación propuesta.

Pues bien, ya podemos vislumbrar que en las decisiones políticas parece crítico entender que aquello implica reflexionar y conversar en torno a acuerdos de convivencia tomando en consideración las legítimas diferencias que puedan haber en los deseos de cada uno. Por ello es fundamental el cómo articular y converger en proyectos comunes acogiendo los distintos puntos de vista. Ahí, pienso radica la responsabilidad ( y la habilidad) básica de los líderes. A su vez, el pensar científico, tal como lo demostró el desarrollo acelerado y masivo de vacunas efectivas, puede ser un gran apoyo en la toma de decisiones políticas. Son ámbitos diferentes, pero no son irreconciliables (aunque Trump y Bolsonaro no lo quieran entender así). Por el contrario, son complementarios y potenciadores en el bien-estar de nuestro vivir biológico-cultural.

Dicho lo anterior, un gran riesgo radica en confundir ambos dominios, sobre todo si se piensa que la ciencia es sinónimo de objetividad. Al pensar de esa manera se diluyen las responsabilidades de quienes toman las decisiones al invocar a la ciencia como el argumento primordial de un resultado verdadero y de cimientos incuestionables  (y en este caso pienso principalmente no en las llamadas ciencias de la naturaleza, sino más bien en cómo explicamos las regularidades de nuestro vivir en sociedad llámese la economía o la sociología, por ejemplo).

Además, cuando se confunden ambos dominios se tiende a enaltecer a la ciencia como el factor primario para la toma de decisiones y no nos damos cuenta que en último término tiene que ver con la capacidad de articular proyectos comunes desde la diversidad de deseos conservados en la comunidad. Es lo que sucede cuando se tiende a ver a la economía como el gran oráculo  sobre el cual las decisiones deben orbitar. Dejar todo en manos de la tecnocracia deriva en que no nos haremos responsables más allá del estar atento en operar lógicamente y sin cometer errores  lo que dictaminan dichos modelos de comportamiento humano.

Los problemas llamados a ser los primordiales en las relaciones humanas no son de orden lógico sino más bien conflictos de deseos (Dávila& Maturana, 2015). No confundamos ambos dominios… si somos conscientes de aquello seremos libres y responsables de escoger. 

Paulo Henríquez Munita

Dávila & Maturana (2015) El árbol del Vivir. Santiago de Chile, MVP  Editores.

Dávila & Maturana (2019) Historia de nuestro vivir cotidiano. Santiago de Chile, Editorial Planeta.