Derribado el mito de la resistencia al cambio

¿Cuántas veces ya hemos escuchado esto? 

“Es que la resistencia al cambio en esta organización es muy marcada”. 

“Las generaciones mayores no quieren adoptar las nuevas tecnologías”. 

“Los líderes de la organización no escuchan las nuevas ideas de las nuevas generaciones”. 

Ante este mundo en pandemia las personas nos hemos visto obligadas a cambiar la manera en que trabajamos, casi sin darnos cuenta fuimos empujados a un “home office” que previo a ella, se miraba con recelo, sin embargo, ante el nuevo escenario era el camino que se requería y nos encontramos realizando como el modo de operar necesario para poder darle vida día a día a las organizaciones. Nos hemos visto enfrentados a la necesidad de llevar las actividades que realizamos antes de modo  presencial al espacio ahora virtual,  esto ha significado un cambio significativo en la actualización de conocimientos sobre tecnología y virtualidad. Y claro, muchas personas expresan su dificultad en aprender nuevas formas de comunicarse y gestionar el trabajo, o de extrañar lo que antes tenían. 

Al explorar más allá este tema, nos hemos damos cuenta que no se trata mayormente de un problema de adquirir un aprendizaje nuevo, sino que nos encontramos ante la dificultad de soltar las formas en las que hemos estado habituados a hacer las cosas. Y a este fenómeno humano, desde la invitación que nos hacen Humberto y Ximena sobre la inercia fundamental, hemos llamado en nuestras conversaciones de equipo Inercia Cultural. 

Los seres humanos, confiamos en que  todo sucede en el momento en que ocurre en base a un cierto ámbito de coherencias, que no dudamos, abrimos nuestros ojos, y confiamos en que ha llegado el día, que hay un suelo que nos sostiene, solo cuando pasa algo que nos cambia el escenario, ocurre un ámbito nuevo que nos saca de esa confianza fundamental. No creíamos posible el home office, sin embargo, el suceder de la pandemia ha generado la comprensión que era un ámbito posible de realizar, este cambio implicó una nueva circunstancia que lo hizo posible y las personas, pudimos hacerlo porque nuestro hacer se orientó en el presente que emergió ante cuarentenas, confinamientos, preocupaciones por el cuidado, entre otros aspectos que la posibilitaron y sostuvieron.

Somos seres históricos y el presente de una historia de conversaciones, que han surgido como un trinquete cultural, que nos trajo hasta aquí, desde nuestros ancestros hasta hoy, explicamos nuestro vivir con las coherencias de nuestro vivir.  Nos preguntamos ¿De dónde viene todo? ¿ Cómo ha ocurrido lo que ha ocurrido? ¿ Cuál es el origen de esta pandemia? Vamos proponiendo respuestas y explicaciones, según nuestros ámbitos experienciales, y vamos confiando en la inercia fundamental de todo suceder, siempre en la conservación de las regularidades que distinguimos, salvo que nos encontremos con un evento que nos saque de aquello, como lo expresa Ximena y Humberto “Todo suceder continúa sucediendo a menos que otro suceder interfiera con él. A esta condición básica de todo suceder la llamamos inercia fundamental” (  2015, pág. 486)  

Cómo seres humanos, hemos aprendido un vivir cultural, que vamos a su vez, generando, realizando y conservando, nos apegamos a certezas , mundos y verdades que damos por hecho, hemos olvidado abrazar nuestra propia experiencia como la fuente de nuestras preguntas y respuestas como cuando éramos niños, donde desde el candor y la curiosidad creamos juegos, inventamos viajes, transformamos cajas en autos, castillos, puentes. Luego fuimos creciendo y “llenando nuestra copa” como dice Ximena, de teorías y supuestos, que nos atrapan y nos adormecen, apegándonos a las regularidades del vivir cultural, restringiendo nuestra plasticidad conductual y creativa, en una inercia cultural, que solo nos puede sacar de ahí, si ampliamos la mirada a nuestra multidimensionalidad relacional y operacional, que nos posibilite ampliar nuestro pensar, ver y sentir, para permitirnos aprender, co-crear y conectar con otros conscientes de nuestra plasticidad y confiando en nosotros mismos. 

Podemos seguir repitiendo la resistencia al cambio, como la etiqueta que nos define y con ello, que nos atrapa…o bien, abrirnos al hacer nuevo, en un aprender que es posible, en la confianza fundamental en nosotros mismos y nuestros colaboradores, porque hemos llegado hasta este presente, en una historia humana individual y colectiva, que ha ocultado el hecho, que el fundamento relacional de toda conducta, está en nuestros sentires íntimos como guía del hacer, es desde ese trasfondo que podemos salir de toda encrucijada y para todo esto la pregunta central es ¿ Qué queremos conservar y qué no queremos conservar? Porque esas respuestas generarán la ruta de transformación, el curso del vivir individual, colectivo, organizacional, que surgirá momento a momento. 

Por Carolina Carvacho y Sebastián Gaggero

Referencia: 

Dávila & Maturana ( 2015) El árbol del vivir. Santiago de Chile, MVP Editores.