Hace un tiempo, un titular de la tercera señalaba  “En Chile tenemos una infancia enferma. Un estudio de Felipe Lecannelier, doctor en psicología, había investigado  la salud mental en niños y niñas alrededor del mundo y los resultados de Chile, nos posiciona en el podio entre  24 países “como el peor, con niveles altos en sensación de miedo, tristeza, frustración y soledad en niños y niñas”.

La violencia que vemos en las aulas y que nos impresiona porque damos por hecho que los niños , niñas y jóvenes viven ajenos a los dolores, preocupaciones o estrés que vivimos los adultos en nuestro vivir cotidiano. Sin embargo la prueba de que no es así es la violencia que vemos en los espacios escolares reflejo del ámbito experiencial que han tenido. ¿ Dónde se preguntarán muchos padres, apoderados, educadores y/o políticos? El mismo estudio mostraba que el control de su conducta por medio del autoritarismo, queriendo que fueran un producto “que se porten bien y tengan buenas notas” , era una de las razones para esta infancia enferma. 

Estos días vemos como nunca antes que las personas en los distintos espacios no están dispuestos a ningún acuerdo: la verdad es mía, tengo la razón, yo sé lo que deben hacer los demás, claramente reflejo de adultos enfermos.  Todos estos diálogos de sordos son redes de conversaciones que se sostienen en la emoción del control, de la certidumbre,  del sometimiento y del poder propio de una cultura patriarcal que generamos, conservamos y realizamos los adultos en todos los escenarios de la polis.

Son redes de violencia implícita que en la ceguera de la psiquis patriarcal van permeando  el mundo infantil generando un aprendizaje inconsciente del modo de convivir que validamos los adultos con nuestro modo de realizar la convivencia. La conservación en lo cotidiano del modo de vida va transformando nuestra especie, aun cuando nuestra raíz sea amorosa y nuestra constitución sea homo sapiens amans-amans (Dávila & Maturana, 2008). 

  Si ese elemento fundamental (amans) se transforma en la agresión, solo podremos encontrarnos con un linaje humano, homo sapiens amans-agresans. Sin embargo, sabemos que el elemento fundamental que expande la alegría, el bienestar, la inteligencia es el amar, pero contradictoriamente realizamos la agresión, explícita y sobre todo implícita, en la negación del otro, la descalificación, la confrontación, el enojo, el desdén, etc. 

Humberto Maturana en muchas de sus charlas usaba un ejemplo de un juego que realizaba con su hermano, que consistía en empuñar la mano e invitar al otro a descubrir lo que tenía en su mano empuñada. Para saber tenían que curiosear, buscar descubrir y  escuchar que había en esa mano cerrada a la mirada del otro, solo en ese acto podía cambiar en el proceso o efectivamente conocer lo que había ahí … en el juego de escucharse, en el abrir la mirada y el otro en abrir la mano podían descubrir si había coincidencia. Este sencillo acto era central para resolver la encrucijada. 

Si usted se detiene en este momento de la lectura para preguntarse cómo observa las conversaciones en el congreso de su país ¿Ve usted que busquen abrir la mirada para escuchar lo que el otro tiene en su mano?. Si se detiene a mirar las reuniones que realiza en su trabajo, ¿ Ve usted que se detengan a escuchar abriendo la mirada a descubrir lo que el otro trae a su existir?  Si usted se retrotrae para recordar las conversaciones en la mesa, con los suyos, en la familia ¿Ve usted que se detengan a descubrir lo que el otro trae a su existir?. 

Este acto de abrir la mirada implica encontrarse con el mundo del otro y en un espacio de aceptación plena dejar aparecer. Si nos encontramos en la coincidencia o en algún espacio pequeño de convergencia podremos realizar un momento de encuentro, un proyecto o lo que sea, como también, respetarnos en las diferencias;  pero si no dejamos aparecer nos estamos consciente o inconscientemente negando, generando dolor, cultivando la violencia. 

Es tiempo de actuar en la consciencia de que todo modo de vivir va teniendo consecuencias, el modo de vivir humano ha generado el presente que vivimos y el futuro que viviremos.  Podemos declarar nuestra enfermedad y hacer el camino de sanarnos para transformar la deriva presente, podemos a su vez quedarnos en los indicadores, en la culpa del otro, en el espacio del dueño de la verdad, ambos caminos nos llevan por derivas distintas. Soltar las certidumbres  para abrir la mirada y abrir nuestras manos, es el camino que nos posibilita una transformación social basada en la aceptación, la confianza y la honestidad, que nos reencuentra con nuestras raíces amans-amans. ¿Tendremos esa audacia? 

Carolina Carvacho M – Directora de Temas y Contenidos

Comunidad Matríztica®  

Dávila, X. & Maturana, H. (2008) Habitar Humano: en seis ensayos de biología-cultural Paidós | ISBN: 978-956-9987-57-1