En el sentir mítico, la palabra navidad hace referencia al nacimiento del Dios niño con el comienzo de la primavera al fin del invierno en el hemisferio norte; entre nosotros la navidad no tiene que ver con el fin del invierno, lo que nos conmueve es la alegría de la íntima relación materno-paterno infantil que comienza con el querer convivir en la confianza de la sensualidad y ternura… que es la honestidad espontánea del convivir en el respeto mutuo que el Dios niño nos inspira… si nos dejamos inspirar.

¿Desde dónde algunos podemos dejarnos inspirar y otros no? ¿Qué conservamos al no dejarnos inspirar? ¿Acaso apegos, teorías, dolores, memorias que no queremos soltar pues esas memorias le han dado un propósito, un sentido a nuestro vivir?

El dejarse inspirar por el “Dios niño” solo nos ocurre estando en el centro de uno mismo, sin dualidades, sin buscar la verdad, búsqueda que mientras más nos afana más nos aleja de él, negando su generosidad que nos contiene. En este proceso hemos confundido la Armonía con la Verdad, y la colaboración con la autoridad, y esta confusión no nos ha dejado ver, sentir, escuchar, tocar la Gracia de la Unidad Divina de la Armonía del Todo que es donde el bien-estar de nuestro convivir ocurre y que el Dios niño evoca como el Dios de la ternura y del amar.

El Dios de la ternura y del amar esta siempre cerca de nosotros cuando abandonamos el continuo esfuerzo de encontrar la verdad que nos aleja de ella.

En las diferentes religiones ese Dios del Amar que cada uno venera, emerge en diferentes formas en distintos rituales donde las personas que los realizan tienen el deseo de evocar al suyo, porque se siente escuchado por él, calma sus angustias, cumple sus deseos, lo acompaña y mágicamente tiene una presencia que hace desaparecer la soledad del alma porque siempre los conecta con la unidad del todo. El riesgo está en que la búsqueda de la verdad, puede atraparnos nuevamente sin darnos cuenta en el renacer del apego a ella, al sumergirnos nuevamente en la soledad de la ceguera y desesperanza de no verme en los ojos del los otros, de no sentir o sentirme en la mano que acaricia o en el escuchar el viento que sopla.

¿Desde dónde cada persona podemos sanar esa soledad que otra vez nos sumerge en el vacío de la desesperanza? Desde la reflexión en la confianza implícita de que somos seres amorosos y que estamos conviviendo con otros seres amorosos, aún cuando muchos de ellos no se han dado cuenta. ¿Y cómo pueden darse cuenta? En el encuentro con una sonrisa, con un abrazo generoso, en el escuchar sin anteponer teorías o expectativas al crear un co-nicho, como el espacio sagrado de expansión de consciencia de un mundo de seres vivos más amplio, donde nosotros somos seres reflexivos y sabiendo que con lo que hacemos, guiamos el devenir del cosmos que habitamos hacia su conservación o destrucción.

Al convivir la experiencia de ser escuchado o visto en la que uno siente que el otro u otra lo “ha dejado aparecer”, uno siente que su sensorialidad se transforma y que con el, aparece el verdadero mundo del convivir donde unos y otros son honestamente ellos mismos; Un observador encuentra amar cuando ve una conducta de convivencia donde las personas se dejan aparecer.

Nosotros en Matríztica, en el sur del mundo, celebramos la Navidad en la alegría de querernos y respetarnos en lo que hacemos. Al iniciar un nuevo año en el presente de nuestra confianza, en nuestra autonomía reflexiva y de acción, en el tiempo cero de nuestro cambiante convivir cotidiano. El Dios niño es nuestro ser nosotros mismos, siempre niños capaces de conservar el candor del desapego de dejar aparecer, creciendo conscientes de la continua neotenia de nuestro ser seres biológico-culturales.

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¡Alegría y buenos deseos!

Nosotros somos siempre el problema, el camino para resolverlo, y la solución.

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