La innovación es más que un método

Luego de casi 40 años de trabajo, la bioquímica Katalin Karico se convirtió en una de las científicas más renombradas del planeta. Su investigación sobre el ARN mensajero y la posibilidad de utilizarlo en una vacuna para generar inmunidad frente al virus del Covid -19 rindieron frutos y hoy en día dos laboratorios (Moderna y Pfizer/BioNTech) utilizan con éxito el ARN mensajero en las vacunas, permitiendo de este modo desarrollar en nuestro cuerpo una proteína idéntica a la del coronavirus y así obtener la ansiada inmunidad. Su trabajo no estuvo exento de dificultades y en un ambiente donde prácticamente toda la actividad investigativa ponía sus ojos en el ADN, ella intuyó la importancia que podría tener el ARN en determinadas aplicaciones.

Hace poco más de 110 años, en 1905, un joven científico de 26 años, empleado de una oficina de patentes en Suiza, divagaba en su tiempo libre acerca del tiempo, el espacio y la luz. Tomando como base los trabajos de Lorentz y replanteando supuestos fundamentales sobre los que se erigía la Física clásica de Newton, dio con un escrito fundamental que significó un dramático cambio en lo que a espacio, tiempo y movimiento se conocía: nacía así la teoría de la relatividad especial. Por si fuera poco, ese mismo año, reformuló un trabajo del reconocido científico Max Planck y dio cabida a la posibilidad de que los cuantos de luz, una mera abstracción matemática utilizada por Planck para explicar el efecto fotoeléctrico, fuesen efectivamente una “realidad física” dando comienzo, de este modo, a una de las teorías fundamentales de la Física contemporánea: la mecánica cuántica. Así es, ese joven y hasta entonces desconocido científico de 26 años era Albert Einstein.

Pues bien, lo que tienen en común ambos científicos es que dieron con descubrimientos cuya orientación iba a contrapelo con el mainstream investigativo de las respectivas comunidades científicas y se atrevieron a innovar como resultado de cuidadosas reflexiones guiadas por la curiosidad y el asombro. No dieron por sentados los supuestos; más bien los desafiaron. Y estuvieron dispuestos a dejar aparecer sus respectivas experiencias sin interponer en ese mirar ningún supuesto o teoría.

En efecto, es la reflexión la que nos lleva a dar un giro crucial en la orientación de nuestra atención. Motivado por aquella pausa que aparece en nuestra rutina, de pronto nos comenzamos  a dar cuenta de algunas dimensiones de nuestro vivir poco visitadas, no obstante, bastante cercanas: ¡nosotros mismos!

Es en ese instante cuando comienza la atención hacia nuestros sentires íntimos y el sentido relacional más profundo de lo que hacemos: ¿Cómo me siento al realizar lo que hago?  ¿Para qué estoy haciendo esto? ¿Por qué lo hago de esta manera? Preguntas que redimen nuestra conciencia y constituyen el primer movimiento de la reflexión.

Al habitar sosegadamente esas preguntas nos encontraremos en la posibilidad de descubrir aquellos fundamentos que estamos conservando en algún ámbito de nuestro vivir y que le darán sentido a nuestros cuestionamientos. ¿Cuál será el sentido de hacerlo así? ¿y si no tiene sentido… mejor dejarlo así o me arriesgo a sentirme expuesto? Fundamentos conservados como certidumbres que naturalizamos, pero que si estamos dispuestos a ponerlas bajo cuestionamiento tendremos la opción de elegir …

La reflexión me parece que es un acto íntimo que de alguna forma reviste un carácter mágico y misterioso, difícil de precisar y entender desde un pensamiento lineal. Y lo es porque trae consigo un acto emocional desde el cual estaremos dispuestos a dasasirnos de nuestros dogmas y, por cierto, aquello requiere arrojo y coraje en la aceptación de quedar expuestos y vulnerables; y en ese acto audaz cruzaremos un umbral donde florecerá un nuevo espacio de entendimiento no deducible antes del acto reflexivo.

Todo constructo lógico se basa en premisas aceptadas a priori. Y eso es: cambian las premisas, cambia el mundo que vemos; dejamos atrás nuestras certidumbres y se abre una nueva dimensión de entendimiento. Es lo que seguramente les ocurrió tanto a la bioquímica Katalin Karico como a Albert Einstein… al fin y al cabo la innovación es el resultar de un mirar con ojos “frescos”;  es un giro cuya  orientación se dirige hacia nuestra propia experiencia al dejarla aparecer sin exigencias ni expectivas… un acto amoroso que comúnmente impregna todo quehacer científico y toda innovación en nuestro vivir cotidiano.

La innovación puede ser provechosa cuando hay un método que la facilite. En una empresa, por ejemplo, se necesitará de herramientas como la mercadotecnia, una visión de procesos o el uso de tecnologías de punta para dar con un marco conceptual sobre donde y cómo moverse en términos de innovación. Pero al final del día será aquel acto reflexivo, ese que compromete y pone entreparéntesis las certidumbres que conservamos, el que nos entregará la posibilidad de ampliar la mirada y penetrar en territorios desconocidos que finalmente puedan resultar en grandes innovaciones. Lo curioso y a la vez desconcertante, es que si nos apegamos a un resultado no habrá innovación. Pero si dejamos las puertas abiertas a la curiosidad y el asombro… algo interesante ocurrirá.

Paulo Henríquez Munita