Sobre la belleza y lo humano

Qué bella esa flor, qué bello atardecer, qué bello paisaje, qué bella la noche, qué bello el día, qué bella persona, qué bella la mujer, qué bello el hombre…son decires, son expresiones que ocupamos en nuestra vida cotidiana para connotar una cierta relación que se vive armónicamente en un momento y suceder particular, en donde uno se siente bien, sin quejas ni exigencias con las circunstancias. Por el contrario, cuando uno connota algo como feo, antiestético… está indicando un sentir íntimo particular que tiene que ver con el malestar, con una sensorialidad de desagrado o rechazo. Los seres humanos nos movemos por nuestros sentires íntimos, de hecho todos los seres vivos lo hacen, los cuales podemos observar como preferencias, opciones, deseos o emociones, guiando nuestro existir relacional-operacional en el vivir y convivir.

El vivir no tiene intención ni propósito, nuestro suceder humano biológico tampoco lo tiene pero en nuestro vivir biológico-cultural, en tanto seres que vivimos en el lenguaje y el conversar, si lo tenemos. Generamos así significados, propósitos e intenciones, y los generamos en las redes de conversaciones que realizamos y generamos consciente e inconscientemente constituyéndose en los mundos que vivimos, mundos que cambian y se transforman con las emociones que conservamos cambiando y transformando nuestra psiquis y nuestra corporalidad de modo que ellos se extienden tanto como nuestro operar psíquico-corporal en sus dimensiones de belleza y fealdad, curiosidad e indiferencia, generosidad y egoísmo, teóricas y prácticas.

Así lo bello como una experiencia que es lo que distinguimos que nos sucede o nos ha sucedido como seres humanos en el lenguajear y el conversar,  y que describimos como una configuración de sentires íntimos que estamos viviendo o que hemos vivido, tiene que ver con cómo vivimos lo que vivimos, no con lo vivido. La belleza en ese sentido surge de una experiencia de armonía con las circunstancias, sin prejuicios, exigencias con lo que aparece en nuestro vivir y, por ello, es un ocurrir de la biología del amar, que nos constituye y nos hace posibles como seres humanos.

Los seres humanos somos así poetas, creadores de belleza liberadora y generadora de bienestar, en fin los seres humanos en nuestro operar como observadores reflexivos generamos los mundos que vivimos como red de conversaciones que nos permiten comprender y explicar nuestro vivir, a la vez que gozar la ética y la estética de nuestro vivir-convivir tanto como rechazar la falta de ellas en cualquier cosa que hacemos.

Ximena Dávila y Humberto Maturana

Artículo publicado en Revista Sana, Noviembre-diciembre 2012