Personas mayores y responsabilidad social

Hace algunos días los adultos o personas mayores  presentaron un manifiesto, cuyo eje central era proponer una vejez digna. ¿ Qué nos ha pasado como sociedad que tenemos que pedir dignidad en distintos ámbitos de nuestro vivir? ¿Qué nos muestra esto de nosotros como comunidad humana?. En este manifiesto como lo destaca Emol nuestros viejos  nos planteaban  “la necesidad de ser escuchados, respetados y valorados, contar con más apoyo para un envejecimiento activo, y sentirse integrados a la sociedad a través del contacto con las nuevas generaciones”. A partir de estos planteamientos, nos solicitaban a la comunidad colaborar para que ellos tuvieran una mayor calidad de vida, una vejez digna. Algunos comentarios en redes sociales decían que debía ser el estado o el gobierno el que debería asumir estas obligaciones, por cierto pero ¿ Dónde estamos nosotros en la ecuación? 

En este presente cultural, lo que llamamos cultura patriarcal, es una cultura cuyo sustento está principalmente en lo propio, la palabra mío ha cobrado dimensiones extremadamente excluyentes, el individualismo ha ido mermando  el sentido humano individual-social,  que nos permite vernos con y en los otros, hemos generado distintas teorías, explicaciones y justificaciones que parecen apagar una conciencia sobre la  responsabilidad en el vivir y convivir con otros, que nos permiten unificar propósitos, en el entendimiento de las dimensiones de hacer una comunidad humana, en un acuerdo de convivencia donde devolvamos a todos su dignidad. ¿Es esto posible? .

Pensar en que es posible no es un sueño romántico, tenemos prueba de ello en varias culturas; por ejemplo, en las culturas pre-patriarcales. La arqueóloga Marija Gimbutas propuso el  termino  matrística , a raíz de la palabra  matriz no precisamente matriarcal ya que no era un reemplazo de la figura del hombre por el de la mujer en el sistema de poder, sino una coexistencia de colaboración mutua, de equidad de género, en una cultura de la diosa. Estas culturas  pre-indoeuropeas como muestra Marija  y distintas investigaciones, es una cultura cuya identidad era grupal,  donde  lo más probable es que los hijos no fueran propiedad de madres o padres individuales, se cree que los hijos pertenecían a  todo el clan, en una organización social y familiar que evoca un espacio de cuidado, protección y armonía en la diversidad de las edades donde nos reconocíamos en un nosotros.

Muchos de nuestros pueblos ancestrales de distintas partes del mundo, nos dan cuenta de haber conservado algunos ámbitos de esta culturas matrísticas y que en general hemos perdido, por ejemplo en la etnia Mbuti de la República Democrática del Congo, los niños llaman a todas las mujeres  «ema» o madres y a todos los hombres como «eba» o padres de todos, así no hay viejos sin hijos ni tampoco “miki” o niños huérfanos, porque se ha generado en la comunidad humana a la cual pertenecen y participan en muchas dimensiones que tienen tanto lo abstracto y lo concreto del vivir cotidiano, una configuración de un espacio psíquico-relacional donde estas relaciones e interacciones son el modo espontáneo de conducirse, desde el deseo intrínseco de la conservación de la emoción filial extendida, en una conciencia más amplia que las consanguíneas. 

Muchas veces estas  experiencias nos pudieran  parecer lejanas y en la celeridad de esta cultura patriarcal donde la inmediatez nos arrebata el detenernos a reflexionar sobre nosotros mismos,  olvidando que contamos también con nuestra propia experiencia como seres neoténicos e inescapablemente biológicos-culturales ¿Cómo?. Contamos con nuestra infancia,  un espacio psíquico-relacional neomatrístico, donde la dinámica emocional fundamental es el dejar aparecer en el amar como un suceder espontáneo,  esta emoción guía nuestro hacer, en el jugar, el explorar y en el aprender. Con sencillez y profundidad expresamos el cariño en la caricia y la sonrisa a nuestros abuelos, a nuestros amigos, a los otros, nos maravillamos con un trébol de cuatro hojas o con una flor que cortamos para regalar a los que amamos, actos espontáneos que surgían naturales. Esto nos conmueve como adultos, lo sabemos porque solemos usar un sin número de ejemplos para evocar esa belleza del alma infantil. 

 Si como comunidad humana queremos un convivir donde todos tengamos presencia, donde seamos socialmente responsables, donde nuestros padres y  nuestros viejos no sean reemplazables y no tengan que pedir compañía, donde nuestros niños y niñas tengan presencia en un grupo social que los acoge, los deja aparecer y le brinda cuidado, tenemos que ampliar nuestro ver, nuestro pensar y reflexionar la convivencia, preguntarnos que vivir estamos realizando y que emociones guían los haceres en esa convivencia. Los sustantivos esconden verbos, por eso siempre que hablamos de abandono y olvido, hay un ser humano que realiza el abandonar y el olvidar, siempre que hablamos de acoger o cuidar, hay un ser humano que realizar el acoger y el cuidar.  

En la fluidez del vivir, realizamos todos los mundos posibles, en la exclusión o la armonía de la vida en conjunto,  vamos haciendo el convivir a lo largo de nuestro vida individual, pero entrelazada en un mundo con otros. En ese camino del vivir, la vejez es parte de ese recorrido, que la gran mayoría alcanzaremos algún día, actuar y pensar en ellos es pensar en nuestras hijas e hijos, en nuestros hermanos y hermanas, en nuestro padre y en nuestra madre, y también en nosotros mismos.

Por Carolina Carvacho

Dávila & Maturana (2008) Habitar Humano en seis ensayos en biología-cultural. Editorial Planeta Chilena S.A. 

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